-Entre la medianoche y la una -prosiguió aquella malvada- se prenderá fuego a la prisión. Yo misma lo he planificado. Habrá quizá algún quemado, pero no importa; lo seguro es que nos salvaremos. Tres hombres, cómplices y amigos míos, se unirán a nosotras y te garantizo que quedarás libre.
La mano de la Providencia que acababa de castigar mi inocencia, pronto iba a servir al delito de mi protectora. Finalmente el fuego prendió, el incendio fue horrible y hubo dieciocho personas quemadas, pero nosotras nos salvamos. Y ese mismo día llegamos a la choza de un cazador furtivo en el bosque de Bondy, un bribón que era íntimo amigo de los de nuestra banda.
- Ya eres libre, mi querida Sofía -me dijo la Dubois-, puedes ahora elegir el tipo de vida que te plazca, pero si he de darte un consejo, debo decirte que, como has podido comprobar, tu virtud no te ha traído más que desgracias. Un escrúpulo fuera de lugar te ha llevado al pie del cadalso, mientras que un horrible delito te ha salvado la vida; mira entonces de cúanto sirve el bien en el mundo y si vale la pena inmolarse por él. tú eres joven y bonita y, si quieres, puedes regresar conmigo a mi patria, a Bruselas, donde me haré cargo de ti. En dos años puedo llevarte a la cumbre del éxito y de las riquezas, pero te advierto que no será por los senderos de la virtud como llegarás a ella. A tu edad es necesario tener más de un oficio y participar en más de una intriga si se quiere recorrer prontamente el camino... Nuestras armas son muchas: la voluptuosidad, el engaño, la mentira, el robo, el asesinato. Tú me entiendes, Sofía..., tú me entiendes; decídete pronto entonces, puesto que debemos huir rápidamente; no nos podemos quedar aquí, donde sólo estaremos seguras por unas horas.